Siento que escribo hoy a razón de soñar con el gobernador del estado, estuvo muy rancio el sueño, así como esta introducción.
Mi color favorito es el amarillo, es cierto, pero no siempre lo fue. Por allá del 2018 yo adoraba con creces el verde. En el 2006 el rosa. En el 2013, el turquesa. A veces no tengo vivos los recuerdos de mí en aquel entonces pero si de los que más me marcaron: cabello suelto con un pasador, calcetas de diferente par, dientes sin brackets, libros de historias distopicas y ferias de libro en el parque que ya nunca se volvieron a repetir.
Llegó el día que yo siempre estuve segura llegaría, no sabía cómo ni cuándo, pero tenía día apartado en el calendario. Y un día cualquiera, como el rey Arturo sacando la espada de la piedra: ese día llegó. Es como cuando ves a alguien que conociste de niño y de repente ya tiene hijos—no es que te importe emocionalmente, pero te deja con una sensación extraña.
Me gustaría decirle a la Vic de los pasadores vestida de turquesa que aquello que escribía en su HP se volvió verdad: encontró al amor de su vida, terminó la carrera, trabaja, sus papás están sanos y todo antes de sus 24. Pero sobre todas las cosas, una en especial: ese día que ansiabas llegó.
La verdad, muchas veces me imaginé este momento y llegué a imaginar que iba a sentirme nostálgica, pero, es la primera vez que se me aparece un acontecimiento totalmente justificado a practicar la melancolía y, no la siento. ¿Me debería sentir culpable por sentir felicidad extrema? Yo creo que no. No extraño nada. Mi espera termino, mi martirio también. Y ya no cargo una cruz. Me gustaría decirle a la Vic de hace años que nunca la traigo a la mesa, pero que hoy merece mención porque, el hecho de que las personas que alguna vez fueron cercanas a mí siguen avanzando, y yo también lo he hecho.
El mundo es muy pequeño, verdaderamente, y a pesar de ello hay personas que mueren en la incertidumbre del que se siente haber amado y ser amado. Escribí sobre ese caso por años, a una edad que ni siquiera podría saber lo que era el amor, pero lo sentía.
Y a pesar de ser pequeño, logré coincidir con quien quiero regalarle mi vida.
Ya no tengo sombras atrás de mi, ni delante, ni al lado.
Me siento increíblemente en paz.
Por hoy, quisiera dejar mi nombre aquí y cambiarlo a: Victoria tiene libertad.
Ya no soy una niña, ni una adolescente, y agradezco no serlo. No quiero mirar atrás, no tengo nada que mirar. Mi presente nítido es lo mejor que me está pasando, y no tengo incertidumbre del futuro sabiendo que tengo la mano de quien me regaló su presente.
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