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La mudanza.

 Los perros mudan de cabello, los responsables suelen estresarse al ver a la criatura dejar bolas de pelos por todos lados. Sin embargo saben que es necesario; terminas la secundaria y sabes que las etapas académicas ya no se rigen por bimestres sino por semestres, dejaste de tener la vista perfecta y ahora usar lentes con anti reflejante y mica azul.

Se nos ha enseñado que las mudanzas tienen que ver con perros o con empacar en cajas vasos envueltos en periódico porque te cambias de vivienda. En realidad va más allá de eso. Según el primer significado del buscador en Google, mudar significa «Dar o tomar otro ser u otra naturaleza, otro estado, lugar, forma, etc.» Hace ya un rato, cuando padecía de pérdidas de memoria antes de exámenes y contemplaba mi vida en las tardes de mayo desde el balcón del departamento 301, se sabía que padecía de una nostalgia severa, que más que padecimiento parecía enfermedad. Con el paso del tiempo, muchas veces escuché como se veneraba la nostalgia, porque es cierto, esta te ayuda de maneras milagrosas a decir que ningún pasado es mejor que el presente que se te ha construido. Pasa el tiempo y si, parece ser ese padecimiento se combate, deje de estar sentada en aquel balcón, deje de usar los Vans amarillos, no porque la edad me lo demandara, sino porque creí apto pensar que debía darle oportunidad a otro calzado que fuera igual de personal para mi. Deje de usar 8484 pulseras en las muñecas, no porque quisiera que se me diferenciase de una adolescente, sino porque empezaron a romperse y los dijes y chaquiras comenzaban a aparecer en cualquier parte del piso o de la calle. Deje de vivir en aquel apartamento de la avenida Montevideo y aunque ya hace casi un año de eso, pensé era de superación rápida, pero aunque parece ese solo parecía ser un lugar con paredes blancas, puso a prueba que hay afecciones que no se van.

¿Que nostalgia fue la que combatí en aquel entonces?

La nostalgia de una Victoria que salía y conocía a gente por cada metro cuadrado que aparecía, la nostalgia de no volver a encontrar el local de aguachiles que cerró por pandemia, la nostalgia de ver a un amigo que era la persona más importante de esta ciudad para mí parado enfrente del edificio Lay con un atole de guayaba. La nostalgia de llegar y no ver a mis perritas arriba de mi cama. Y poco después, la nostalgia de empezar a deshacerme una a una de las materias que incluso llegué a pensar estaban acabando conmigo. La nostalgia de escuchar las mismas canciones sentada en ese balcón con audífonos pasadas las 7 pm. La nostalgia de una rutina que para mí, nunca lo fue.

Me costó mucho combatirla pero, los últimos años, con amor de esos mismos amigos que me enseñaron que el presente estaba sabroso en comparación de lo que ya había vivido, de mi familia que pasaban los días y ningún integrante se iba al lado del cielo y donde la universidad estaba siendo lograda, me impulsó a creer que de verdad había destruido la nostalgia si no como afección, ahora solo como simple padecimiento temporal.

A la fecha, se ha popularizado a la nostalgia diciendo que en eso se basa la vida, o al menos que es “bello”. Cuando yo salí de ese sentir, solo me quedaba decirle a los demás que esperaba que no. Que en mi caso, vaya, esa fue mi enfermedad moral. Que lo que muchos presumen de sentir, yo agradecía ya no sentir aquel padecer.

Pero la vida es exenta de decisiones ajenas a tu vida, porque al final somos un todo. Mi vida está compuesta de lugares, decisiones, momentos, de personas que también a su vez están compuestas por lo mismo. Esos amigos que me acompañaron partirán a otros lados, mi corazón ya no está solo, sino que afortunadamente lo comparto con aquel increíble hombre que me esperaba con un atole de guayaba. Escucho otras canciones en otros lados diferentes. Pero ahora al escuchar las canciones de aquel balcón del 301, de ponerme los Vans porque mis otros tenis estaban sucios, de volver a caminar sola por el parque Italia, no me hicieron recordar con ánimo ni con que mi pasado fue mejor, no no, simplemente me hizo sentir un malestar extraño que hacía años no padecía. Ya no era la paranoica que trapeaba diario y se castigaba si no olía a Fabuloso el departamento, por más cansada que llegara de econometría, ni tampoco la que hacía ejercicio 4 días a la semana, o se cocinaba cosas que llevaban más de 2 hrs en hacerse. Con esfuerzo logro limpiar mi nuevo departamento que es de tamaño muchísimo más pequeño que el que solía limpiar, cocino con rapidez. Y si, yo se, en la adultez esto es parte: los tiempos no dan como antes. Pero aquí sigo, ¿qué no mi fuerza de voluntad puede contra esto? Pues, parece ser estoy perdiendo la batalla contra ella. 

Cuando decidí tomar cartas en el asunto con una profesional, al platicarle todo lo que les estoy escribiendo, no me cuestionó con más preguntas ni me sentenció con respuestas varias. Solo una: “Eso que me platicas parece ser que padecer de una nostalgia sino crónica, asomándose a serlo”. Quiza algún poeta por ahí le hubiera encantado ese diagnóstico, pero a mí, que llegue a sentir cosas que sentí me arrebataban mi identidad, me hizo sentir que había vuelto a perder contra ella. Al terminar esa plática, llegué a la conclusión que pensar demasiado las respuestas al por qué, solo destrozaría mis bases sólidas que me sostenían. He aprendido que a veces el exceso de introspección es una manera de ausentarse del presente; es una trampa que en vez de darte respuestas te tiene dando vueltas, sin respuestas, una manera sutil de dejar de estar. 

Me alegra mucho que mi mejor amiga se case, me gusta ver a mi amigo haya encontrado trabajo, mi corazón está enamorado y ama al hombre más increíble, me alegra estar trabajando en algo que me gusta y saber que lo que pase no fue en vano, me siento feliz por comprarle a mi mamá boletos de avión para visitarme, e ir a visitar a mi vecina del Lay, que pasó de ser una vecina a una tia. Mi herida moral quizá está resentida porque extrañaré a mi amiga, porque la ausencia de mi amigo es más presente dado a los horarios, y porque yo, en mi soledad, he olvidado como era y escuchar recuerdos no me es gratis pues los revivo con intensidad que me hace cuestionarme si mi presente fue igual de bueno que lo que alguna vez fue.

Pero, ¿a quien engaño? Este presente, lector, esta mudanza del pasado al hoy, es increíble. Estoy bien. Amo y soy amada.

Tenemos la capacidad de extrañar un pasado en el que jamás hemos estado.

Pero tenemos la capacidad de vivir un presente que es consecuencia de superar la nostalgia de lo inaccesible.

Un presente que refleja que toda esa nostalgia valió la pena. 

Te recuerdo pero decido que tú ya no habites en mi hogar. 

La nostalgia puede doler tanto que paraliza.

Pero aún tengo voluntad.


Comentarios

  1. no puedo explicar lo mucho que me mueve leerte, igual que siempre. Felices 10 años a Victoria quiere libertad (que estoy segura que ya la ha encontrado).
    Pd. Somos una máquina de amor y nostalgia, a veces es bonito y está bien <3

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