Pero ese día era 10 de agosto. Si he de acomodar mis meses predilectos, quedarían tres: en primer lugar, abril, el de mi cumpleaños. Suele llover mucho, pero para que les miento, estoy feliz de soplar las velas de un pastel de chocolate mientras se cae el cielo. Después sigue diciembre. Cenar sin pensar en el mañana es un lujo. Al final, agosto. A mi mamá le gusta mucho agosto, es cuando sus flores se prestan para sanarlas, cuando nos veía diario por no asistir a clases antes de ir, cuando hay lluvias y sol equilibrados. Se dice que agosto es verano pero lo veo como tierra mojada sin hundirse. Por eso me gusta agosto.
Era 10 de agosto de 2018. Tenía 17 años. Ese día hacía frío pero había sol. Por eso les comento sobre el equilibrio. Podía ser un día de agosto cualquiera. Podía. Pero no. Después de esperar, pasa que no es un agosto cualquiera. Fue un agosto que terminé de esperar. Tenía amigos. Aún no iniciaba mi último año de preparatoria. Pude haber caminado tres cuadras para ver a Eva. Pero estaba en el techo escuchando Trouble, Don’t panic y Parachutes de Coldplay pensando ¿por que la espera?
Va a sonar muy aesthetic, pero realmente me subí aquel 10 de agosto a ver el cielo, por una hora.
Una. Dos. Tres pequeñas lágrimas se escapaban por los bordes. Me maldije porque salían del lado donde científicamente significaban tristeza. Victoria triste.
Era 10 de agosto y probablemente alguien apagaba las velas de su pastel, se estaba casando, estaba dando a luz, y yo, agarrando una tos probable por estar pegada al techo sollozando a regañadientes.
Me senté a sonarme la nariz. Me limpié la cara con la orilla de la sudadera azul que le saqueé a mi hermana que no estaba y de la que quería un abrazo. Tenía 17 años y tenía las esperanzas muertas. Y es que después entendí que perder la fe y la esperanza no tenía nada de diferente a morir. Y que denso! Hablar de muerte cuando se tiene todo. Cuando solo perdiste algo que te hacía tú.
El cielo estaba ya oscuro pero para mi sorpresa no se veía negro. Era gris. Se acercaba una tormenta. Debi de haber entendido allí que la vida no debía tratarse de un matiz negro o blanco. El gris es un color seco, condenado a ser juzgado por ser aburrido, esclavizado y cuadrado. Pobre gris. Yo siendo tan gris y yo siendo tan dura contigo. El gris en realidad es aquello que decidimos juntar cuando nuestras almas son buenas y necesitan entrar en la realidad del negro. Y lo peor es que en esta historia el blanco no es tan Bueno y el negro no es tan malo. Peor aún; ninguno de los dos tiene porque ser algo que no eligió ser. Por eso esta el gris. Esa noche era gris, porque me acompaño hasta mi final.
Abril, Mayo, Junio, Julio.
Agosto llegó. Quería ese agosto, ese último agosto (pensé) antes de irme a la universidad. Pero no llegó como esperaba. Una parte de mí se fue un 19 de Mayo y no regresó. Y era un 10 de agosto que me di cuenta que no iba a regresar. Tenía 17 años.
En 17 días cumplo 21. Todo es diferente.
Esa parte no regreso y nunca lo hará. Y esta bien.
Fue un verano que terminó. Pero aprendí qué hay veranos que nunca terminan. Que se vuelven inviernos dolorosos con frío y otras esperas. Se vuelven primaveras angustiantes pero renovadas. Que después de esa nube gris, hay un día con sol del que sales sin quemarte. Lluvias tupidas que por gusto prefieres escucharlas. Personas que se van pero regresan, porque así es el verdadero amor.
Recuerdo que aquel verano de 2018 compuse la playlist más triste para mi. Y de hecho me está echando una mano para revivir aquel año que quise enterrar vivo pero a veces en unos sueños solía perseguirme. Porque en los sueños eso pasaba, revivía más no recordaba. No puedo olvidar recuerdos pero no debo revivirlos.
Estoy en otro lado. Hoy lo dejo con todo lo que alguna vez fui. Sigo siendo yo. Y me gustaría tener ese brillo en los ojos como el de una niña viendo el mar por primera vez. Pero sé que solo se reemplaza con la esperanza que ahora tengo con toda la certeza del mundo, de qué pasa. Y pasa.
La playlist “Verano de 2018” dejará de tener como descripción “El verano más triste de la existencia” y solo pasará a ser un verano más.
Hay agostos, hay veranos, hay comidas, hay personas que a veces deben de ser como el Verano de 2018: uno más.
Recuerda, Victoria, llegar a tu casa este 8 de abril, ir a tu librero, tomar esa agenda llena de humedad con olor a perfume del 2003, abrazarlo, agradecerle y tirarlo.
Las cosas nunca son como antes. Pero no tienen que serlo.
Las cosas no pueden y no pudieron ser mejores.
Son y fueron como tuvieron que ser.


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