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Los plumones.


Era su primer día de clases. 

Olía a Fabuloso de Naranja. Llevaba una mochila usada, pero cuidada. Le había pertenecido a su hermano mayor. Parecía ser que no había llegado tan temprano, todos se encontraban sentados escuchando instrucciones de su maestra. Su mamá se había encargado de meter a su mochila todas las libretas que no sabía como ella sabría, las necesitaría. “Mi mamá es maga”, pensó. 

Sus libretas tenían estampas de Harry Potter, película que en su vida había visto. Pensó que quizá por eso mismo su mamá sabía de magia, pero para su corta edad fue lo demasiado prudente para no decirle a su mamá si ella era una bruja. Todos se conocían entre sí en la escuela, pero con nadie hablaba, desconocía a todos y nadie venía del mismo kínder. 

En su lapicera tenía todo nuevo: colores Prisma, tres tapices Mirado, dos sacapuntas y todo doble, pues su madre sabía que todo se podía ofrecer, incluyendo plumones.

En la hora del recreo se le había olvidado que tenía un sandwich de atún que su padre le había preparado. Curiosamente, se acordó 15 min. después de haber comenzado su tiempo de desayuno. Fue por él, aplastado al fondo de la mochila, y sin amigos ni amigas con quien compartir el sandwich, decidió comer en la ventana.


Pasó el tiempo.


La manera en la que hizo amigos fue peculiar; solía contarles leyendas de la localidad donde habitaban.

- Así es, probablemente aquí era un panteón después de la revolución, y en los baños aparentemente aparece una niña, dicen que en el último- decía mientras sus compañeros asentían con escalofríos, aun sin saber lo que fue la revolución mexicana. 

Sin embargo, no le echaba de su cosecha. Procuraba con la elocuencia de narrador nato de un noticiario decir todas las historias reales que pudiese. Le gustaba dejar la fantasía en su cabeza, pues le encantaba imaginar a todas horas, pero dormir y despertar hacía que tuviese los pies en la tierra. 

Un día de mayo, la maestra pidió que recortaran de su libro SEP Español unas figuras. Recortó todo perfectamente, su madre le decía que siempre debía uno terminar todo lo que comenzaba en la vida, y terminarlo bien. Eso propició que cuando se comía arroz rojo, lo aplastase con el tenedor suavemente y lo comiese de tal manera que el plato quedara pulcro para ser lavado. Su lectura favorita sin lugar a dudas era “La viejita y los quesos”. Le parecían fascinantes los dibujos de un queso gigante. Muchas veces se había preguntado si eso se lo podía terminar en un día. 

Al terminar, la maestra pidió que hicieran equipos. Sus dos mejores amigos no habían asistido ese día. La actividad consistía en colorear a “Los músicos de Bremen”. 

- ¡Se verían fantásticos con los plumones que tengo!- Pensó. 

Tenía compañeros con los que se llegaba a juntar en el recreo, pero no quiso correr a ellos, esperó un poco para que le hablaran y así pudiera arrastrar su banco. Nadie. En un intento, fue a ellos y les comentó si le podían hacer un espacio. 

- Lo siento, ya estamos completos - dijeron.

- Tengo plumones de colores y colores muy padres! Ándenle, mi mamá me enseñó a colorear sin salirme de la raya - dijo. 

- Lo lamentamos mucho, pero Daniela tiene los mismos plumones que tú.

Triste, recogió sus cosas y fue a otro grupo. Esta ocasión le preguntaron: 

- ¿Tienes colores?

- ¡Sí! Con mucha punta - contestó. 

- Hmmmm si coloreas los de todos, puedes ser parte de nosotros.

Se negó, con miedo. 

- Me encantaría estar aquí, pero si hago lo de todos pintaré mal por hacerlo con prisa y no seremos mejor que el otro equipo.

- Entonces no puedes estar aquí.

Con un estado de ánimo desganado, abrumador y perdido, no quiso intentar ir con más equipos. Le comentó a su maestra que prefería colorear en su mesa sin compañía, y antes de cualquier queja o amonestación, la maestra aceptó, pues era la primera vez que se lo pedía. Lo más irónico es que no quería que le prestaran colores, solo quería compartir los que tenía. Y de alguna manera, sentirse una persona incluida y bendecida porque alguno de sus compañeros le dijese “te completo tu pasto con mis colores pastel”.


Pasó el tiempo.


Mucho, a decir verdad. Lo suficiente para que esos libros SEP dejaran ese diseño que solían tener, para que se usaran teléfonos celulares con pantalla táctil, Michael Jackson ya tuviese ciertos años de muerto. 

Para ese tiempo, los niños coloreaban en tabletas y no con gises. 

Un día, bañándose antes de salir, recordó a “Los músicos de Bremen”. Recordó que se trataba de la historia de un burro, un perro, un gato y un gallo que, cansados de ser maltratados por sus dueños, deciden formar una banda musical y logran emprender un viaje hacia Bremen para convertirse en músicos de la ciudad. En el camino, encuentran una casa habitada por ladrones y, gracias a su astucia, logran ahuyentarlos y quedarse a vivir allí. Recordó aquella vez que coloreó en la mesa de la maestra sin compañía. Y se echó a reír. Unas carcajadas que mejor cerró la ventana del baño para no molestar a los vecinos que siempre le molestan con el ruido de su microondas a las 3 am. En otro tiempo hubiera sentido pena por ver a esa criatura pintando sin remedio en la mesa de su profesora. 

-¡¿Pero qué clase de idiota creería que yo le colorearía a una bola de chamacos todos sus trabajos?!

Claro que hablaba sin recordar a su yo interior de antes, pues este probablemente estaría berreando, pero ahora, saliendo del baño, lo recordaba como lo que era ahora: una persona adulta, que se estaba bañando para salir a cenar con aquellos dos mejores amigos que faltaron aquel día, pero que al día siguiente de la tragedia le llevaron pastelitos y le invitaron a comer, después de no verlos por un largo rato, y recordando a los músicos de Bremen, esa historia cuyo relato se basó en la amistad, la solidaridad y el coraje.



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