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Gracias.

 No recuerdo como fue el 1 de enero de 2024, solo sé que antes de atascarme las 12 uvas, las 12 uvas no fueron 12 deseos diferentes, fueron 3, en donde 10 fueron 1, y los otros dos a cada uno que correspondía. Esos últimos dos eran salud y estabilidad en todos los ámbitos. Las otras 12 uvas fueron “amar y ser amada”. 

Este año fui increíblemente feliz. Tenía años de no salir a la playa solo con mi mamá y hermana, nunca me había atrevido a organizar una semana solo yo fuera de mi casa. Terminé mis materias, y mientras cursaba recuerdo haber convivido sola en la biblioteca la primera mitad del año. No lo digo con melancolía sino como algo que gozaba. 

Me causa gracia recordar aquella anécdota donde me tomaron como borrego expiatorio por marzo mayo para encontrar al ex de una amiga en bumble y que aunque desafortunadamente para ella, lo encontramos, supe que ni de pedo eso podría ser exitoso para mí.

Salir con Axel y Areli es increíble. Cómo disfrute este año con ellos. Les amo. Son increíbles amigos.

Pero la parte más emocionante fue felicitar a mi hoy novio aquel 10 de abril para ya nunca querer dejarlo ir.

Anwar, si lees esto, esto lo escribo porque estoy muy agradecida de que esas 12 uvas me cumplieron en todos los ámbitos, con mi familia, con mis amigos y con la parte difícil de haber encontrado al amor de mi vida. Léelo bien: eres el amor de mi vida. Nunca lo había dicho porque nunca estuve segura. Pensaba que al estar con alguien, lo sentías con el tiempo, pero contigo lo supe desde hace muchos años. Mi mejor amigo, mi confidente, mi novio y por quien yo creo que amar y ser amado es increíble.

El libro que te conté, “Una enfermedad moral” es un compendio de cuentos que ya devorarás, pero de mientras te cuento algo. 

Al leer ese libro comprendí que he sido Eva llorando en su auto, o la señora Ebelmayer sufriendo por no poder y querer. He sido Rosalyn queriendo sustituir mi nítido pasado.

Pero dos años después, también comprendí que toda enfermedad moral, más que cura, tiene tratamiento.

Eva ya no llora en su auto, llora en cama abrazada de alguien que no es novelista. La señora Ebelmayer besa a su marido en las noches mientras cocina y sale aire del aire acondicionado, y sigue disfrutando de desayunar antes que los demás en el café temprano. Y Rosalyn ahora tiene un nítido presente que disfruta más que su misterioso pasado. No porque lo evada. Es que no lo necesita.

Me casé con la melancolía hace dos años y esa no fue mi enfermedad moral. Mi enfermedad moral fue creer que nunca podría desprenderme de ella.

Y aún ella me acompañe, y probablemente nunca de ella me cure, le agradezco que siempre me ofreció el consuelo de lo que me era inaccesible y hoy es completamente mío.

Ya no recuerdo la melancolía Anwar. Ya no soy esa nostálgica empedernida. 

Soy Vicolinda, una mujer que tiene que chambear, a veces tiene toc, pero que tiene una bonita familia, y que tiene la fortuna de amar al amor de su vida. Gracias. Te amo. Y sé que lo haré lo que me quede de vida.

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